Trilogía · Artículo II
Cuando el mérito no cuenta, el crecimiento es solo apariencia
En el artículo anterior hablábamos de una economía que aparenta solidez pero que, al rascar la superficie, muestra signos evidentes de desgaste estructural. Hoy descendemos al plano empresarial, donde se reproduce con claridad la misma distorsión: el crecimiento como sinónimo de salud, sin preguntarnos qué lo está provocando ni hacia dónde conduce.
Pero antes de seguir, conviene detenernos un momento. Porque no todo el mundo entiende lo mismo cuando se habla de crecimiento y de valor.
Crecimiento es el aumento cuantitativo de ciertas magnitudes: facturación, plantilla, activos, cuota de mercado. Valor, en cambio, remite a la rentabilidad real y sostenida del modelo: la capacidad de generar beneficios consistentes, retornos para el accionista y eficiencia operativa. Una empresa puede crecer sin crear valor. Incluso destruirlo mientras escala.
La trampa comienza cuando confundimos una cosa con la otra.
Hoy muchas empresas presentan cifras de crecimiento al alza. Pero al observar su estructura de costes y resultados, no encontramos señales claras de eficiencia, innovación o rentabilidad sostenida. Lo que se aprecia, en muchos casos, son márgenes reducidos, gastos fijos sobredimensionados, dependencia de ayudas públicas y una presión constante por mantener una apariencia de solidez que ya no se corresponde con una mejora real del modelo de negocio.
Desde la crisis de 2008, el mercado ha ido perdiendo su capacidad para asignar eficientemente los recursos y para distinguir entre modelos empresariales sostenibles y aquellos que dependen estructuralmente de apoyo externo. Cayó la banca, se rescató el sistema financiero. Cayó la demanda, se activaron estímulos. Estalló la pandemia, se distribuyeron ERTEs, exenciones fiscales, avales y ayudas directas.
Nadie discute que había que actuar. Pero el problema no fue la intervención. Fue su duración y su secuela: la normalización de un entorno donde los errores dejan de tener consecuencias y el mérito, de tener recompensa.
En este nuevo ecosistema, muchas empresas no sobreviven por la solidez de su propuesta de valor, sino por su capacidad de alinearse con mecanismos institucionales de soporte. Lo preocupante no es que accedan a esas ayudas, sino que, en muchos casos, ese acceso sustituye la necesidad de revisar su eficiencia operativa o su viabilidad estratégica. Cuando los recursos públicos cubren de forma sistemática las debilidades del modelo de negocio, el resultado no es resiliencia, sino dependencia crónica.
El reparto de los fondos europeos Next Generation ilustra con claridad el tipo de distorsión al que nos referimos. Las grandes empresas, que constituyen el 0,19% del tejido empresarial en España, accedieron al 59,3% de los fondos. No es un error técnico. Es un diseño de incentivos.
Las grandes empresas tienen departamentos enteros especializados en adaptar sus proyectos a las convocatorias. Las pequeñas, en muchos casos, apenas consiguen cerrar el trimestre en orden.
El resultado es previsible: no se premia al que aporta más valor, sino al que sabe traducir su actividad al lenguaje subvencionable. Y lo subvencionable, en muchos casos, no responde a la lógica económica, sino a una agenda política.
A largo plazo, este sesgo no solo erosiona la competitividad, sino también la autonomía estratégica del tejido empresarial, al subordinar su evolución a los ciclos y criterios de la política pública.
El efecto más nocivo no es solo la asimetría. Es que este entorno genera señales perversas. Incentiva a crecer, aunque no se cree valor. A expandirse sin consolidar. A sobrevivir por ajuste fiscal o ventaja regulatoria, no por mérito propio.
Y eso no es solo un problema de eficiencia. Es un problema moral. Porque cuando el crecimiento se vuelve indiferente al mérito, se rompe el contrato tácito que da legitimidad al sistema: el esfuerzo debería tener retorno. Y cuando eso deja de cumplirse, el incentivo para innovar, para asumir riesgos, para hacer las cosas bien, se debilita hasta desaparecer.
No se trata de repartir más recursos. Se trata de restablecer el vínculo roto entre el mérito y el resultado. Mientras ese vínculo no se recupere, el sistema seguirá premiando la adaptación formal y castigando la eficiencia real. Es entonces cuando el crecimiento deja de hablar del futuro y se confirma lo que dijimos desde el principio: cuando el mérito desaparece, lo que queda es solo apariencia.